CIRCUNNAVEGACIÓN

Circunnavegación

La vida es un experimento fascinante
del que siempre podemos aprender.

Aurelio era un niño al que le gustaba imaginar. Algunas personas decían que siempre estaba en la luna. Quizá tenían razón. Mientras los demás solo miraban las cosas, él parecía descubrir en ellas algo más.
Solía pasar desapercibido fácilmente para los adultos que lo rodeaban. Por eso, desde muy pequeño llegó a sentirse transparente para los demás.

Su papá había nacido en una familia de inmigrantes libaneses. Además del apellido y algunos rasgos físicos, había heredado algo mucho más antiguo: el gusto por conocer lugares nuevos y conversar con los desconocidos. Solía decir que sus antepasados, mucho antes de llamarse libaneses, habían sido fenicios, navegantes que comerciaban sin dejar de hacer amigos en cada puerto. Tal vez por eso caminaba por la vida con una curiosidad serena y una confianza contagiosa.
Su mamá era distinta. Había perdido a su padre y a su madre cuando todavía era muy pequeña. Sus hermanos mayores y algunas tías la habían criado con cariño, enseñándole que siempre había alguien dispuesto a tender la mano cuando parecía que todo estaba perdido.
Conservó durante toda la vida una mezcla difícil de explicar: seguía asombrándose como una niña, pero había aprendido a seguir adelante pasara lo que pasara.
Aurelio todavía no lo sabía, pero ambas maneras de mirar el mundo comenzarían a encontrarse dentro de él.

Fantasear era para Aurelito tan natural como respirar. Además, traía la música por dentro. Siempre estaba tarareando alguna melodía o tamborileando con los dedos sobre la mesa. Así transcurría buena parte de su vida.
De pronto, sin embargo, parecía desconectarse. Permanecía muy quieto, sin pensar en nada, mirando muy, muy lejos, disfrutando la calma reconfortante que emanaba de su interior, como un velero que flota sin ir para ninguna parte.
Había días en que podía pasar horas observando lo que para la mayoría de las personas era invisible. Hacía caminitos con las grietas de la pared; descubría en ellas personajes y animales de cuerpos extraños, caras gesticulantes, paisajes enteros que aparecían y desaparecían en un abrir y cerrar de ojos.

Aprendió a observarse a sí mismo. Mientras jugaba de cuerpo entero con sus hermanos, sus primos o sus compañeros de escuela, se olvidaba de sí. Pero cuando estaba solo repasaba, una por una, las escenas del día, como si presenciara la película de su propia vida. Así construía muchos miedos, vergüenzas y culpas que le espantaban el sueño, o divertidos recuerdos y momentos de alegría que le permitían dormir en paz.
Inventó un juego que lo hacía sentirse una especie de mago capaz de adivinar el futuro. Observaba una hormiguita cargando un pedazo de hoja del doble de su tamaño y trataba de predecir por dónde pasaría.
Hacía lo mismo con las nubes, con los perritos de la calle y con las personas que caminaban por la banqueta.

Anticipar lo que iba a suceder le resultaba fascinante. Cuando acertaba sonreía para sí mismo. Cuando fallaba, simplemente prestaba más atención para descubrir por qué se había equivocado. Como nunca compartía aquellos juegos íntimos con nadie, tampoco sentía vergüenza por equivocarse.

Por aquella época los adultos hablaban con frecuencia de niños que se perdían en el centro de la ciudad, abarrotado de comercios y de familias haciendo compras. Incluso alguna película de moda había retratado aquella angustia. Cada vez que salían de paseo, mamá cargaba al bebé en brazos; papá tomaba de la mano a los otros cuatro hijos y les repetía la misma recomendación:
-No se suelten. No se separen.
Nunca había ocurrido nada grave. Hasta que ocurrió. Duró apenas unos minutos. Nada verdaderamente trágico sucedió. Pero bastó para despertar en Aurelio un miedo a la separación que lo acompañaría durante muchos años.
Anita, la hermanita más pequeña, se distrajo contemplando los juguetes de un aparador. Soltó la mano de la hermana mayor, que casi la llevaba a rastras. Como los demás siguieron caminando, quedó atrás, perdida entre la multitud.
– ¡Anita se perdió!
Aquel grito le heló la sangre. Durante unos cuantos minutos Aurelio sintió que toda la familia se precipitaba al abismo de la desgracia. Nunca volverían a encontrar a su hermanita.

Entonces apareció.

Una señora la traía de la mano. Anita lloraba desconsoladamente.
Después de abrazarla con todas sus fuerzas, sus padres la reprendieron con una severidad nacida del alivio.
– ¿Por qué te soltaste de tu hermana?
Aquello ocurrió en Navidad.

Nueve meses después, durante las fiestas patrias, volvieron a pasear por las calles repletas del centro de la ciudad.
La noche anterior habían contemplado los fuegos artificiales del Grito de Independencia. Jugar con fuego era peligroso, pero emocionante.
Descubrió que juntar el miedo y la alegría hacía latir el corazón con una fuerza extraordinaria.
Al día siguiente asistieron al tradicional combate de rosas. Juntar la  guerra con el amor también le pareció fascinante.
Sus padres le explicaron que alrededor del quiosco central caminaban los jóvenes en sentidos opuestos. Los hombres ofrecían una rosa a la muchacha que les gustaba. Ellas seguían avanzando en dirección contraria. Si ambos continuaban el recorrido alrededor de la plaza, volverían a encontrarse una y otra vez.

Desde que Anita se perdió, Aurelio sufría en cada salida familiar.
Procuraba comprobar que todos siguieran de la mano. Vigilaba a quien se apartara unos pasos. Seguía con la mirada a cualquiera que se alejara del grupo.
Cuando algo llamaba intensamente su atención, aquella vigilancia disminuía. Pero bastaba recordar el peligro de un extravío para sentir que cualquier descuido podía desencadenar una desgracia.

Entonces ocurrió. Sin proponérselo, apareció en su mente una imagen nítida de la plaza vista desde arriba. Se vio caminando en sentido contrario al de sus padres. Primero se alejaría de ellos. Después, inevitablemente, volverían a encontrarse al completar el circuito. La idea apareció con la claridad de un relámpago. Entusiasmado, se la contó a su papá.
Le explicó que caminaría en sentido contrario hasta encontrarlos nuevamente. Su padre lo escuchó con cierta sorpresa. Sabía que para Aurelio separarse de la familia era un desafío enorme. Sonrió apenas.
-Sí… aquí te esperamos.
Aurelio emprendió su aventura geográfica y emocional.

Los primeros pasos le produjeron una sensación desconocida de libertad, como deben sentir las golondrinas cuando abandonan el nido y descubren el aire.
Doblando la primera esquina comprendió que, mientras permaneciera dentro del perímetro de la plaza y no cruzara la calle por donde circulaban los automóviles, seguiría compartiendo el mismo espacio que su familia. La plaza dejó de ser una amenaza. Se convirtió en su territorio seguro.
Calculó que faltaba muy poco para volver a encontrarlos. Siguió caminando. Unos pasos más. Y otros. Entonces sintió un corto circuito que le recorrió todo el cuerpo ¿Y si ya había pasado frente a ellos sin darse cuenta? ¿Y si habían tenido que irse? ¿Y si ya no estaban allí?
De pronto desapareció la noción del tiempo. Desapareció la noción de cualquier otra cosa. Ya no pensaba. Sólo sentía. Y lo que sentía era un  desamparo inmenso. Estaba solo.

Estaba perdido.El cuerpo casi siempre sabe qué hacer antes que las palabras. En su rostro debió dibujarse una mueca que una mujer desconocida supo leer
de inmediato.
– ¿Estás bien? ¿Qué te pasó? ¿Dónde están tus papás?
Sin responder, Aurelio señaló hacia el lugar donde suponía que los encontraría.
La mujer tomó su mano. Caminaron apenas unos treinta o cuarenta metros.
Entonces los vio. Su papá seguía allí.

No supo en qué momento había empezado a llorar. Cuando llegó hasta él, su padre lo abrazó sin decir palabra. Permanecieron así unos instantes, mientras la mujer que lo había acompañado se alejaba discretamente entre la multitud. Después levantó la vista para agradecerle con una sonrisa.
Aurelio levantó la cabeza buscando el rostro de su papá. Esperaba encontrar un reproche. Encontró algo mucho más difícil de entender.
Había preocupación, desde luego. El miedo de un padre que durante unos minutos no sabe qué está ocurriendo dentro del corazón de su hijo.
Pero también había alivio. Y, escondida detrás de ambas cosas, una alegría silenciosa.
Aurelito se había atrevido. Había querido recorrer solo aquel pequeño mundo. Había sentido miedo. Muchísimo miedo. Pero había seguido
caminando.

Años después comprendería mejor aquella expresión.

Su padre sabía que ningún hijo aprende a caminar lejos permaneciendo siempre tomado de la mano. Él mismo había crecido escuchando historias de hombres que atravesaban el Mediterráneo comerciando de puerto en puerto. Le gustaba imaginar que todavía llevaba algo de aquella sangre fenicia que confiaba en el horizonte y regresaba siempre con nuevos amigos y muchas historias que contar.
Aquella tarde descubrió que su hijo también quería explorar el mundo.
Sólo quedaba una tarea inmensa. Aprender, poco a poco, a que el miedo no fuera quien sostuviera el timón.
Su mamá lo abrazó con esa fuerza tranquila que sólo tienen quienes han conocido muy pronto y superado el desamparo. Mientras acariciaba el cabello de Aurelio, él sintió nuevamente que nada malo podía ocurrirle entre aquellos brazos.

Sin saberlo, esa tarde regresó a casa llevando consigo las dos herencias de su familia. De su madre heredaba la certeza de que siempre es posible volver a levantarse. De su padre, la curiosidad de emprender el viaje.
La Plaza seguía siendo la misma. Quien había comenzado a cambiar era él.

Camilo Sabag
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