Hace poco tiempo, en un lugar muy muy cercano, vivía una niña llamada Sofía. Tenía once años, dos colitas despeinadas y una curiosidad tan grande que parecía que le brillaban los ojos cada vez que descubría algo nuevo. Le gustaba explorar los jardines de su colonia, perseguir mariposas sin atraparlas, construir refugios para catarinas bajo las macetas y observar durante horas las filas interminables de hormigas que cruzaban las banquetas como si fueran pequeñas exploradoras en una misión secreta.
Sin embargo, había tres cosas que Sofía detestaba con toda su alma. Leer, hacer la tarea y estudiar para los exámenes. Cada tarde, cuando llegaba la hora de abrir un libro escolar, su cuerpo parecía volverse pesado como una roca. – ¡Qué aburrido! -se quejaba. Cuando debía resolver ejercicios de matemáticas, suspiraba como si estuviera trepando una montaña. Y cuando se acercaba la semana de exámenes, caminaba por la casa con la expresión de quien hubiera recibido una noticia terrible. – ¿Por qué tengo que estudiar tantas cosas? – se preguntaba una y otra vez.
Lo extraño era que Sofía aprendía todo el tiempo. Sabía distinguir el canto de varios pájaros. Podía reconocer cuáles plantas necesitaban más agua. Conocía los horarios de las lagartijas que tomaban el sol sobre una barda cercana. Incluso había descubierto que las cochinillas de muchas patitas preferían esconderse bajo las piedras más frescas. Aprendía sin darse cuenta. Pero no le gustaba estudiar. Además, había llegado a su vida un pequeño aparato brillante que parecía tragarse las horas. Su smartphone.
Al principio lo usaba un rato. Luego un poco más. Después muchísimo más: videos cortos, juegos, mensajes, fotografías. Y cuando se daba cuenta, la tarde había desaparecido. Los libros comenzaron a llenarse de polvo, las tareas se hacían cada vez más tarde, y estudiar se volvió todavía más desagradable.
Entonces ocurrió algo extraño, muy extraño, tan extraño que nadie le creyó cuando lo contó años después. Todo comenzó el día de su cumpleaños. Entre el montón de regalos apareció un paquete pequeño envuelto con papel verde. Dentro había un libro. Sofía puso los ojos en blanco. -Genial… un libro. -Dijo haciendo comillas con los dedos de ambas manos. Cuando observó la portada sintió un ligero cosquilleo. El título decía: Los chismes de la naturaleza. Debajo aparecía una frase escrita con letras doradas: «Advertencia: este libro responde preguntas que todavía no sabes que tienes.» -Qué raro -murmuró. Aquella noche lo abrió por simple curiosidad. Solo una página. Nada más una. La primera pregunta decía: ¿Por qué las luciérnagas producen luz? Leyó la respuesta. Luego otra página. Y otra. Y otra. Cuando levantó la vista ya había pasado una hora. -Qué extraño… -pensó.
Al día siguiente ocurrió algo aún más raro. Mientras caminaba por el jardín observó una hormiga cargando una hoja enorme. De pronto creyó escuchar una vocecita. – ¿Ya descubriste cómo encontramos el camino de regreso a casa? Sofía miró alrededor. No había nadie. La hormiga siguió avanzando. -La respuesta está en la página cuarenta y tres. La niña se quedó inmóvil. Corrió a casa. Abrió el libro. Página cuarenta y tres. Allí estaba la explicación. Las hormigas utilizaban rastros químicos para orientarse.
Aquella noche soñó con insectos, plantas y animales que le hacían preguntas. Cada vez que encontraba una respuesta en el libro, surgían diez preguntas nuevas. ¿Por qué migran las aves? ¿Cómo respiran los peces? ¿Por qué cambian de color las hojas? ¿Cómo vuelan los escarabajos? ¿Por qué existen los arcoíris?
Y cuanto más leía, más misterios aparecían. Era como si el libro no se terminara nunca. Pero el cambio más importante no fue que comenzara a leer. Fue que descubrió algo inesperado: los libros no eran filas y filas de palabras; eran puertas. Puertas hacia lugares invisibles. Puertas hacia preguntas fascinantes. Puertas hacia aventuras que podían ocurrir dentro de su propia cabeza. Entonces comenzó a visitar la biblioteca de la escuela. Luego la biblioteca de la ciudad. Después pidió libros prestados. Más tarde ahorró para comprar algunos. Su smartphone seguía existiendo, pero ya no ocupaba todo el espacio de su atención. Ahora lo utilizaba para buscar información, fotografiar insectos, identificar plantas y registrar sus observaciones.
Un día encontró un libro sobre telas. Otro sobre colores. Otro sobre mariposas. Luego uno acerca de la estructura de las alas de los escarabajos. Y otro sobre cómo algunas flores desarrollan patrones sorprendentes para atraer polinizadores. Las ideas comenzaron a mezclarse. Como ingredientes dentro de una enorme olla imaginaria. Años después, Sofía estudió ciencias. Aprendió biología, física, química y diseño. Investigó cómo la naturaleza resolvía problemas difíciles. Observó la forma de las hojas para crear telas más resistentes. Estudió los colores de las alas de las mariposas para diseñar prendas que reflejaran la luz de maneras sorprendentes. Analizó las estructuras de los panales para fabricar ropa ligera y cómoda. Con el tiempo se convirtió en una científica reconocida. Y también en una diseñadora de ropa admirada en muchos lugares.
Cuando le preguntaban cuál había sido el secreto de su éxito, ella sonreía. -Todo comenzó cuando descubrí que estudiar no era memorizar respuestas. Estudiar era aprender a hacer mejores preguntas. Y algunas veces, cuando visitaba escuelas para hablar con niñas y niños, llevaba consigo un ejemplar viejo y gastado de Los chismes de la naturaleza. Nadie sabía si realmente era mágico. Nadie sabía si las hormigas hablaban. Nadie sabía si los sueños eran mensajes o simples sueños. Pero quienes abrían aquel libro solían experimentar algo curioso. Sentían crecer una pregunta. Luego otra. Y otra más. Cuando la curiosidad encuentra alimento, puede transformarse en una fuerza tan poderosa que cambia el rumbo completo de la vida.
Y así fue como una niña que odiaba leer, hacer tareas y estudiar descubrió que el conocimiento no era una obligación, sino una aventura. Una aventura que la acompañó durante toda su existencia. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.
Camilo Sabag
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