Espinas

Espinas
Photo by The New York Public Library on Unsplash

Nació una madrugada de niebla, entre raíces húmedas y el calor del cuerpo de su mamá. Sus púas, todavía suaves, apenas eran una promesa: con el tiempo se endurecerían, se afilarían y aprenderían a erizarse. Le llamaremos Tuco, aunque en el bosque nadie se llama de ninguna manera; somos los humanos quienes necesitamos nombrar las cosas para sentir que las conocemos. Los primeros días los vivió pegado al costado tibio de su mami, aprendiendo el idioma silencioso del bosque: el crujido que anuncia peligro, el aroma que distingue lo comestible de lo venenoso, el ritmo pausado con que hay que moverse entre la maleza para no ser, ni depredador, ni presa, sino simplemente parte del paisaje. -Tus púas no son armas- le decía su madre, mientras lo peinaba con el hocico. -Son un lenguaje. Aprende a usarlas para comunicar, no para herir. Tuco no entendía bien a qué se refería. ¿Cómo podían hablar unas espinas? Lo entendió la tarde en que conoció al Tejón. El Tejón era viejo, de andar pausado y mirada cansada. Vivía solo desde hacía algún tiempo, en una madriguera profunda al pie de un encino. Cuando Tuco, torpe y curioso, se acercó demasiado a su territorio, el Tejón no gruñó ni mostró los dientes. Simplemente se detuvo, lo miró, y dijo: -Vas a espinarte si sigues caminando así, pequeño. Las raíces de por aquí están llenas de espinos filosos, y esos sí lastiman. Tuco se detuvo. Algo en el tono del Tejón -no amenaza ni indiferencia, sino una especie de cuidado áspero- hizo que confiara en él. Le mostró el camino más seguro, evitando los matorrales de espinas traicioneras, esas que no avisan antes de herir. – ¿Por qué me ayudas? preguntó Tuco-. Yo también tengo espinas. Podría lastimarte si te acercas. El Tejón se rio haciendo un sonido como de hojas secas.
-Tus espinas son tuyas, pequeño. Las mías son mías. El problema no es tener espinas. El problema es usarlas cuando no hacen falta. Esa noche, de regreso a la madriguera, Tuco se topó con la Comadreja. La Comadreja era rápida, nerviosa, siempre con hambre. A diferencia del Tejón, no se detuvo a mirar. Se lanzó sobre él. Tuco, asustado, hizo lo único que sabía hacer: se enroscó, se erizó y se convirtió en una pequeña esfera cubierta de agujas. La Comadreja retrocedió sacudiendo el hocico, y soltó un quejido. No apareció la sangre, sólo sorpresa y un poco de dolor. Se quedó mirando a la distancia, evaluando la situación, y finalmente se fue, refunfuñando, a buscar algo más fácil. Tuco, todavía temblando, se desenroscó poco a poco. – ¿Viste eso? -le dijo después a su madre, con el pecho lleno de orgullo-. ¡Mis espinas la asustaron! ¡Soy poderoso! Su madre lo miró con ternura, pero también con algo de preocupación. -Tus espinas te protegieron, que es distinto a que seas poderoso. Pero ten cuidado, hijo: la Comadreja se fue con hambre. Mañana volverá a tener hambre. Y pasado mañana también. El bosque tiene memoria, y también tiene reglas: nadie ataca lo que no puede comer sin pagar un alto precio, y nadie come más de lo que necesita sin que el bosque, tarde o temprano, se lo cobre. Pasaron las semanas. Tuco creció. Sus púas se endurecieron, como había predicho su madre, y aprendió a usarlas: a erizarse ante el peligro real, a relajarlas ante los amigos, a caminar por el bosque sin lastimar ni ser lastimado más de lo necesario. Hizo amistad con un par de ardillas que vivían en el encino del Tejón. Compartían bellotas, compartían historias -si es que, a los gestos, los sonidos y las miradas se les puede llamar historias-. Cuando Tuco se acercaba a saludar, se cuidaba de no erizarse, de moverse despacio, de dejar que las ardillas se acomodaran a su lado sin sorpresas desagradables. – ¿No te molesta -le preguntó una vez una de ellas- tener que estar siempre cuidando dónde pones esas púas?
-Al principio sí -respondió Tuco-. Pero después entendí que no es tan difícil. Es como… hablar bajito en una casa donde alguien duerme. No cuesta mucho, y hace que todos podamos convivir en paz. Una tarde, mientras el sol se filtraba entre las ramas pintando el suelo de monedas doradas, Tuco vio algo que le sorprendió: la Comadreja, la misma que meses atrás había intentado comérselo, estaba herida cerca del río, atrapada entre dos rocas, con una pata lastimada. Tuco se acercó, despacio. La Comadreja, al verlo, intentó levantarse, gruñendo débilmente, esperando lo peor. Pero Tuco no la atacó. Simplemente se quedó ahí, a una distancia prudente, sin erizarse. -No voy a hacerte nada -dijo-. Pero por allá, río abajo, hay un Tejón que sabe de hierbas curativas. Si quieres, puedo guiarte. Si no quieres, también está bien. La Comadreja lo miró largo rato. Algo en sus ojos -quizá vergüenza, quizá sorpresa- fue apareciendo como una sombra. – ¿Por qué harías eso? Yo quise comerte. -Y yo me ericé para que no pudieras -respondió Tuco-. Ambos hicimos lo que debíamos hacer. Pero esto de ahora… esto no tiene que ver con aquello. Tienes hambre, tienes frío, y estás herida. Y yo conozco un camino seguro que tú no conoces. El Tejón curó la pata de la Comadreja con barro y hojas machacadas, sin hacer preguntas, sin pedir explicaciones. La Comadreja se quedó unos días en los alrededores de la madriguera, recuperándose, y por primera vez en su vida durmió sin la tensión de estar siempre cazando o siendo cazada. No se hicieron amigos, no tanto así. El bosque no funciona de esa manera. Pero algo cambió: la próxima vez que sus caminos se cruzaron, la Comadreja no atacó. Simplemente inclinó la cabeza, un gesto amable casi imperceptible, y siguió su camino.
Años después, cuando Tuco ya era viejo y sus púas habían perdido el brillo de la juventud, una pequeña puercoespín -nieta de alguna prima lejana- le preguntó: -Abuelo, ¿de qué sirven las espinas si casi nunca las usas? Tuco sonrió, a su manera suave y espinosa. -Las espinas son para cuando de verdad hacen falta, pequeña. El resto del tiempo, lo que nos mantiene a salvo no son ellas. Es cómo tratamos a los demás cuando no las necesitamos. El bosque no es un lugar donde todos se aman, pero tampoco es un lugar donde todos se odian, o se devoran sin freno. Hay un equilibrio, frágil como una telaraña con gotas de rocío, que se mantiene porque casi todos -no todos, pero casi todos- entienden que lastimar de más, o tomar de más, termina por romper algo que después nadie puede arreglar. – ¿Y si alguien no lo entiende? -Entonces el bosque se encarga, tarde o temprano, de recordárselo. A veces de forma áspera y rasposa. Pero los que aprendemos a caminar entre los demás sin clavar espinas innecesariamente… somos los que llegamos a viejos, y los que tenemos nietas curiosas haciendo preguntas a la sombra de un encino. La pequeña se acurrucó junto a su abuelo, con cuidado de no encontrarse con sus púas, y él, con el mismo cuidado, acomodó las suyas para que ella pudiera quedarse cerca. Las dos respiraciones, una pequeña y rápida, otra lenta y antigua, se acompasaron bajo el encino, mientras el bosque, alrededor, seguía su curso: ni el cielo, ni el infierno, sino algo más parecido a un hogar que todos estaban construyendo juntos, gesto a gesto, cada día.

Camilo Sabag
Contcto

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