Amar consiste en participar voluntariamente en relaciones donde
el cuidado recíproco permite que todos florezcan.
El amor, una vieja costumbre de los cuerpos.
Una loba cuida a sus crías durante meses. Un elefante empuja con la trompa a otro elefante caído, una y otra vez, hasta que se levanta o hasta que el grupo se detiene a llorarlo. Una pareja de búhos vuelve al mismo árbol año tras año; si uno muere, eotro tarda en anidar de nuevo. Ninguno ha leído un poema de amor. No lo necesitan. ¿Qué es entonces eso que observamos ahí, antes de que existiera el lenguaje para nombrarlo? Conviene partir de esta pregunta, no de la otra -la del amor romántico, con su cortejo de flores y canciones-, porque esa nos hace creer que el amor es una invención humana, y reciente. Pues no lo es. Lo que se ve en la loba, en el elefante y en los búhos, es más viejo que cualquier palabra: una tendencia real del cuerpo vivo a permanecer junto a otro cuerpo y cuidarlo, porque de esa permanencia y cuidado depende la vida.
Un sistema de significados
En nosotros, esa tendencia se vuelve además significado. Se vuelve historia compartida, promesa, nombre propio para identificar al otro. El amor es el conjunto de significados y conductas que favorecen el cuidado recíproco y aumentan la probabilidad de que quienes participan en una relación sobrevivan, se desarrollen y florezcan. Amar es participar voluntariamente en una relación donde ese cuidado recíproco permite que todos, no solo uno, salgan beneficiados.
Es lo que convierte una relación de suma cero -lo que gana uno, lo pierde el otro- en una de suma positiva en la que todos ganan. Un logro evolutivo, cognitivo y cultural a la vez: un conjunto de significados que amplía, generación tras generación, el círculo de lo que consideramos digno de ser cuidado. Primero uno mismo, después la familia, y luego la comunidad. Con la mediación suficiente, la humanidad entera, junto con el mundo físico y biológico del que dependemos.
El cuerpo que descansa en otro cuerpo
Cuando alguien a quien amamos está cerca, el cuerpo gasta menos energía prediciendo amenazas. Puede explorar, equivocarse, sorprenderse, sin que cada
tropiezo dispare una alarma total. Lo contrario también es cierto: cuando esa persona se aleja, el cuerpo lo nota antes que las palabras. Se acelera el pulso, algo se aprieta en el pecho, mucho antes de que alcancemos a explicarlo.
El amor no es un adorno de la vida biológica: es su infraestructura. Es lo que permite que el error de predicción -esa sorpresa inevitable al experimentar la vida- deje de ser catástrofe y pueda volverse aprendizaje. Sin una base de cuidado que abarate ese costo, no hay margen para arriesgar nada nuevo. Por eso el primer paso de un cambio profundo rara vez es una técnica. Suele ser, simplemente, sentirse acompañado.
Amar es distinto de ser cuidado
No debemos confundir dos cosas que se parecen. Hay vínculos donde uno regula al otro sin que haya autonomía real de ambas partes: el control disfrazado de cuidado, la dependencia que se hace pasar por entrega. Y hay vínculos donde cuidar y ser cuidado se ejercen activamente, como una capacidad que se elige y se mantiene, no como un estado que simplemente ocurre. La diferencia no siempre se nota desde afuera. El cuerpo, sin embargo, la conoce: no es lo mismo la quietud de quien es sostenido todo el tiempo, que el descanso de quien aprendió a no pedir de más.
Antes de que exista un yo, ya hay un nosotros
Solemos pensar que primero existen dos personas ya formadas, que después deciden amarse. Basta observar a un niño pequeño y a quien lo cuida para ver lo contrario: no hay, al inicio, un yo que luego se relaciona. Hay una relación de cuidado primero, y de ahí emerge, poco a poco, alguien capaz de pensar, de sentir, de regularse solo. El amor no es algo que dos personas ya hechas se ofrecen. Es el proceso mismo que las va haciendo personas. Por eso aparece en tantas otras especies sin lenguaje ni historias que contarse: basta la crianza prolongada, la dependencia inicial, alguien que se comprometa.
Una condición, no un tema aparte
Quien haya intentado enseñar algo, mediar un conflicto, acompañar un proceso de recuperación, sabe que la técnica más precisa fracasa cuando falta lo que ningún manual describe: que quien acompaña esté genuinamente comprometido con que el otro florezca. Se puede aplicar una técnica perfecta sin amor. Lo que se obtiene es obediencia, no crecimiento. El amor no es un paso más de ningún método, es la condición que hace que los demás pasos signifiquen algo que trascienda.
Cuidar como forma de inteligencia
Si el conocimiento sirve, en el fondo, para construir significados que nos permitan cuidar la vida con más elegancia, el amor deja de ser un capítulo aparte dentro de cualquier teoría seria sobre la salud o el desarrollo humano. Es su expresión más alta: el sistema de significados que amplía, sin prisa, el círculo de lo que merece ser cuidado. Y es también la explicación más simple de por qué una loba se queda con sus crías, por qué un elefante insiste en levantar a otro caído, por qué dos búhos vuelven cada año al mismo árbol.
No hicieron falta poemas para que decidieran quedarse. Los poemas vinieron después, a nombrar lo que el cuerpo ya sabía.
Camilo Sabag
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